EL FARDO DE RUBEN DARIO PDF

Aquellos ojos chicos y relumbrantes bajo las cejas grises y peludas, se humedecieron entonces. El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se hizo pescador. Luchaban como desesperados por ganar la playa. Y se fue el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena diaria.

Author:Gat Mijas
Country:Venezuela
Language:English (Spanish)
Genre:History
Published (Last):8 March 2017
Pages:497
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ISBN:202-6-36545-985-4
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Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas pasaban de un punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas dando aquн y allб sus vistazos. Inmуvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el hъmedo viento salado que sopla de mar afuera a la hora en que la noche sube, mantenнa las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.

Y empezу la charla, esa charla agradable y suelta que me place entabler con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del mъsculo, y se nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viсa. Yo veнa con cariсo a aquel rudo viejo, y le oнa con interйs sus relaciones, asн, todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de pecho ingenuo.

Y es casad, y tuvo un hijo, y Y aquн el tнo Lucas: -Sн, patrуn;! En el oficio, por darnos de comer a todos; a mi mujer, a los chiquitos y a mн, patrуn, que entonces me hallaba enfermo. Y todo me lo refiriу, al comenzar aquella noche, mientras las olas se cubrнan de brumas y la ciudad encendнa sus luces; йl en la piedra que le servнa de asiento, despuйs de apagar su negra pipa y de colocбrsela en la oreja y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, cubiertas por los sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.

Se quiso ponerlo a la escuela desde grandecito; pero los miserables no deben aprender a leer cuando se llora de hambre en el cuartucho. El tнo Lucas era casado, tenнa muchos hijos. Su mujer llevaba la maldiciуn del vientre de las pobres: la fecundidad. Habнa, pues, mucha boca abierta que pedнa pan, mucho chico sucio que se revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frнo; era preciso ir a llevar que comer, a buscar harapos, y, para eso, quedar sin alientos y trabajar como un buey.

Cuando el hijo creciу, ayudу al padre. Un vecino, el herrero, quiso enseсarle su industria; pero como entonces era tan dйbil, casi un armazуn de huesos, y en el fuelle tenнa que echar el bofe, se puso enfermo, y volviу al conventillo.

Pero no muriу. Y eso que vivнan en uno de esos hacinamientos humanos, entre cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche por escasos faroles, y donde resuenan en perpetua llamada a las zambras de echacorverнa, las arpas y los acordeones, y el ruido de los marineros que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las largas travesнas, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear como condenados.

Luego, llegaron despuйs sus quince aсos. Se hizo pescador. Al venir el alba, iba con su mocetуn al agua, llevando los enseres de la pesca. El uno remaba, el otro ponнa en los anzuelos la carnada. Volvнan a la costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa frнa y las opacidades de la neblina, cantando en baja voz alguna triste canciуn, y enhiesto el remo triunfante que chorreaba espuma.

Si habнa buena venta, otra salida por la tarde. Una de invierno habнa temporal. Padre e hijo, en la pequeсa embarcaciуn, sufrнan en el mar la locura de la ola y del viento. Difнcil era llegar a tierra. Pesca y todo se fue al agua, y pensу en librar el pellejo.

Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban; pero una racha maldita les empujу contra una roca, y la canoa se hizo astillas. Despuйs, ya son ambos lancheros. Нbanse todos los dнas al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas con sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos groseros y pesados que se quitaban, al comenzar la tarea, tirбndolos en un rincуn de la lancha.

Empezaba el trajнn, el cargar y el descargar. Y enseсaba, adiestraba, dirigнa al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras de roto viejo y de padre encariсado.

Y habнa que comprar medicinas y alimentos; eso sн. Y se fue el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena diaria. Era un bello dнa de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los carros sobre sus rieles, crujнan las poleas, chocaban las cadenas. Era la gran confusiуn del trabajo que da vйrtigo, el son del hierro; tranqueteos por doquiera; y el viento pasando por el bosque de бrboles y jarcias de los navнos en grupo. Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tнo Lucas con otros lancheros, descargando a toda prisa.

Habнa que vaciar la lancha repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que remata en un garfнo, sonando como una matraca al correr con la roldana; los mozos amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el garfio, y entonces йstos subнan a la manera de un pez en un anzuelo, o del plomo de una sonda, ya quietos, ya agitбndose de un lado a otro, como un badajo, en el vacнo.

La carga estaba amontonada. La ola movнa pausadamente de cuando en cuando la embarcaciуn colmada de fardos. Estos formaban una a modo de pirбmide en el centro. Habнa uno muy pesado, muy pesado. Era el mбs grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venнa en el fondo de la lancha. Un hombre de pie sobre йl era pequeсa figura para el grueso zуcalo. Era algo como todos los prosaнsmos de la importaciуn envueltos en lona y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de lнneas y de triбngulos negros, habнa letras que miraban como ojos.

Letras "en diamante", decнa el tнo Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas con clavos cabezudos y бsperos; y en las entraсas tendrнa el monstruo, cuando menos, limones y percalas. Y el hijo del tнo Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba para ir a cobrar y a desayunarse, anudбndose un paсuelo de cuadros al pescuezo. Bajу la cadena danzando en el aire. Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban para ir a tierra, cuando se vio una cosa horrible.

El fardo, el grueso fardo, se zafу del lazo como de un collar holgado saca un perro la cabeza; y cayу sobre el hijo del tнo Lucas, que entre el filo de la lancha y el gran bulto, quedу con los riсones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre negra por la boca. Aquel dнa, no hubo pan ni medicinas en casa del tнo Lucas, sino el muchacho destrozado al que se abrazaba llorando el reumбtico, entre la griterнa de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadбver a Playa Ancha.

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