EL POZO Y EL PENDULO EDGAR ALLAN POE PDF

Vi los labios de los jueces togados de negro. Los vi torcerse mientras pronunciaban una frase letal. O bien, no existe la inmortalidad para el hombre. No es que temiera contemplar cosas horribles, pero me horrorizaba la posibilidad de que no hubiese nada que ver. Me rodeaba la tiniebla de una noche eterna.

Author:Akinojinn Maukasa
Country:Uzbekistan
Language:English (Spanish)
Genre:Automotive
Published (Last):16 January 2013
Pages:243
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ISBN:805-3-57730-272-6
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Impia tortorum longos hic turboa furores Sanguinis innocui non satiata, aluit. Sospite nunc patria, fracto nunc funeris antro. Mors ubi dira fuit, vita salusque patent. Estaba desvanecido. Pero, no obstante, no puedo decir que hubiese perdido la conciencia del todo. Pero, en fin, todo no estaba perdido.

Luego, un intervalo en el que todo desaparece. Luego, un brusco renacer del alma y una afortunada tentativa de movimiento. Entonces, el recuerdo completo del proceso, de los negros tapices, de la sentencia, de mi debilidad, de mi desmayo.

No es que me aterrorizara contemplar cosas horribles, sino que me aterraba la idea de no ver nada. Me rodeaba la negrura de la noche eterna. A pesar de todas las ficciones literarias, semejante idea es absolutamente incompatible con la existencia real. No obstante, temblaba a la idea de dar un paso, pero me daba miedo tropezar contra los muros de mi tumba.

La forma general del recinto era cuadrada. Vi entonces que el suelo era de piedra. Ahora, de espaldas, estaba acostado cuan largo era sobre una especie de armadura de madera muy baja. Su balanceo era corto y, por tanto, muy lento. Los cuernos estaban dirigidos hacia arriba, y el filo inferior, evidentemente afilado como una navaja barbera. Fue un intervalo muy corto. Aun entre aquellas angustias, la naturaleza humana suplicaba el sustento. Repito que se trataba de un pensamiento informe.

Y en este pensamiento me detuve. Ahora, hacia la derecha; ahora, hacia la izquierda. Estaba libre solamente desde el codo hasta la mano. Estaba atado con una ligadura continuada. La correa cruzaba mis miembros estrechamente, juntamente con todo mi cuerpo, en todos sentidos, menos en la trayectoria de la cuchilla homicida. Eran tumultuosas, atrevidas, voraces.

Al principio, lo repentino del camino y el cese del movimiento hicieron que los voraces animales se asustaran. Se apartaron alarmados y algunos volvieron al pozo. Lo esquivaban y trabajaban activamente sobre la engrasada tira. Me encontraba medio sofocado por aquel peso que se multiplicaba constantemente.

En pedazos, colgaba la correa en torno de mi cuerpo. Cuando menos, por el momento estaba libre. Indudablemente, todos mis movimientos eran espiados. Por primera vez me di cuenta del origen de la luz sulfurosa que iluminaba la celda.

Me bastaba respirar para traer hasta mi nariz un vapor de hierro enrojecido. Estaba jadeante; respiraba con grandes esfuerzos. Pero no me dejaron mucho tiempo en la duda.

No deseaba ni esperaba que se parase. Hubiera llegado a los muros al rojo para aplicarlos contra mi pecho, como si fueran una vestidura de eterna paz. Y el rombo se aplastaba, se aplastaba, con una rapidez que no me dejaba tiempo para pensar. Era el brazo del general Lasalle.

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